La ancestralidad latente en las prácticas danzarias afro

Entendido como lugar de “origen”, el concepto de ancestralidad parecería dirigir nuestra mirada hacia marcas identitarias que obedecen al territorio natal, como si se tratara de una cuestión de pertenencia innata. Y claro, cómo desconocer que el lugar donde crecemos, jugamos, vivimos nuestros primeros años nos marca; el ingreso a un idioma, a una cultura determinada, a una época sin lugar a dudas nos marcan; los rasgos físicos, hereditarios, nos marcan. Así, nuestras corporalidades van siendo “enmarcadas” en las posibilidades que los macro relatos de la historia —nacional, regional, familiar— nos ofrecen, enseñan y, en definitiva, imponen. Pero todas estas marcas/categorías, ¿constituyen puentes hacia una ancestralidad o hacia un lugar de enraizamiento?

En toda cultura, época, territorio, familia, hay grietas por donde se cuelan huellas de otros tiempos y otras culturas, de sueños, deseos, fragmentos de historias que van quedando por fuera del marco categorial oficial, arraigadas en las memorias de los cuerpos que no ingresaron, que desobedecieron o resistieron a las determinaciones epocales asignadas. A veces la resonancia de esos ecos es la marca más indeleble en la configuración de nuestros caminos, es lo que late más fuerte; a veces el idioma que aprendimos no es el que nos permite el habla de lo que sentimos o experimentamos. Entonces, esos ecos difusos de otros tiempos son lo que nos impulsa a la búsqueda de otras identificaciones posibles, otros lugares de enraizamiento. Raíces que son procesos, vivencias que encontramos y nos encuentran, y que activan esos otros cuerpos posibles que no habíamos podido experimentar. Desde allí se genera un quiebre y un puente hacia otra posibilidad de la ancestralidad, como experiencia de enraizamiento, como voluntad de brotar, como “trayectorias danzantes”.

La pregunta por la ancestralidad, implícita en las prácticas danzarias afro, surgió desde nuestra investigación anterior, en la escucha de danzantes afro de Santiago. Ahora, al escuchar a danzantes de Concepción y Valparaíso, constatamos —haciendo eco de lo que escribimos en el libro Danza Afro en Chile: Abriendo Caminos — que es el cuerpo el territorio primordial por donde se viaja, y donde van quedando alojadas esas trayectorias, que se dan paralelamente en el tiempo y el espacio, en los diversos territorios geográficos. Trayectorias que se van contagiando, nutriendo y entrelazando desde la voluntad de saber de estos cuerpos que coinciden en la búsqueda de estas prácticas danzarias y musicales restringidas o excluidas del repertorio de lo nacional mestizo y blanqueado, y desde allí van sosteniendo puentes hacia una ancestralidad negada.

El llamado del tambor
vibración colectiva
golpear/pulsar el suelo con los pies
diálogo con la musicalidad
bailar en círculo mirándose a los ojos
goce
expresividad callejera
Liberar la cadera
escuchar al cuerpo…

Imágenes que quedan resonando en la memoria al escuchar las experiencias de las danzantes entrevistadas, quienes generosa y apasionadamente narran sus rutas personales con las danzas afro, fuertemente ligadas al quehacer colectivo de todas/os quienes han sostenido estas prácticas, en todos los territorios donde se han ido desplegando y donde resuena fuerte la palabra ancestralidad.

Al entrar en contacto con la danza afro, todas experimentaron un reconocimiento hacia sus corporalidades como un espacio nuevo, diferente al que acostumbraban habitar. Algo así como descubrir un cuerpo latente dentro del propio cuerpo. Al entrar en contacto con la musicalidad de los tambores se activan sensaciones corporales, capacidades, destrezas hasta ese momento desconocidas. Las danzantes reconocen en esta experiencia un estado de goce antes no experimentado. Estas experiencias les impulsan a seguir el camino de aprendizajes, a involucrarse cada vez más en estos saberes desde esa vibración colectiva, donde van apareciendo las historias de la resistencia de las comunidades afro, de las personas que han cobijado y replicado incesantemente estos saberes a través de los tiempos, en y desde el lenguaje de los tambores y sus danzas, y que de pronto ya no parecen ser tan lejanas como los relatos oficiales han querido hacerlas parecer.

“No crecí con esta cultura… En mi familia habia parientes negros, pero no me contaron… De grande descubri que tenia una abuela negra, que llegó esclavizada a Arica, pero no me contaron…”

“Mi abuela no quiere hablar de esto porque siente que está traicionando un secreto familiar… Nunca supe si tenía o no antepasadas negras, pero miro y veo mis rasgos, mis piernas y veo negritud. Mi apellido es inglés, pero yo no me veo asi… ”

Entonces las prácticas danzarias afro componen este campo donde se da el encuentro y reflejo con otras/os/es, quienes, al acuerpar estos procesos de des-identificación/re-identificación, provocan la emergencia de esa ancestralidad, entendida como posibilidad de otras formas de relacionamiento con el cuerpo, los territorios y con la historia. Cada repertorio danzante, cada ritmo, cada práctica pedagógica, los modos de relacionamiento que se van configurando al interior de estas agrupaciones, las maneras de compartir los saberes, la relevancia de la corporalidad y oralidad implícita en estas formas de aprendizaje, constituyen resonancias de esa ancestralidad, y gestos de resistencia al disciplinamiento corporal colonial que pesa en nuestra historia nacional.

Este entramado de energías, vivencias e historias devela el territorio de cruzamientos que somos y repone la circulación de esos elementos culturales que han sido exiliados. Vislumbramos, entonces, que una ancestralidad posible, como pueblo mestizo-champurria, se da en esa conexión con prácticas culturales que han resistido al olvido, refugiadas en los toques del tambor y sus danzas, expresiones danzarias re-animadas y replicadas en el territorio nacional, como es el caso del Tumbe , así como también expresiones diaspóricas que nos permiten el reconocimiento de nuestra afrolatinidad, expresiones que llegan, se siembran, se quedan y multiplican echando raíces al aire, en la superficie, en calles, plazas y carnavales y que permiten el enraizamiento de las colectividades danzantes afro.

Es una cuestión corporal, es el cuerpo quien devela esa conexión, pero no, o no necesariamente, desde el lugar de lo biológico, del dato histórico ni del fenotipo, sino desde el movimiento, de la conexión danzaria misma y el fuerte impulso a involucrarse en el estudio de las danzas afro, en su aprendizaje y divulgación, en el levantamiento de espacios de encuentro en torno a estos saberes , en el compartir esta práctica en el espacio público… Y, sobre todo, en la insistencia de años de trayectorias autogestionadas para el sostenimiento de la vida, salud y multiplicación de estas raíces al aire, que se hunden en el territorio y hacen brotar memorias y experiencias largamente vedadas .